¡Hola, qué tal, cómo estás!
Comenzamos la semana cuarta del tiempo de Cuaresma y, este domingo pasado hemos escuchado en las misas el evangelio del hijo pródigo, también conocido como del padre misericordioso o, si queremos, del hijo envidioso.
Detrás del comportamiento de los dos hijos encontramos el orgullo. A uno le lleva a alejarse de su hermano, de su padre, de su familia, para vivir la vida a su aire, mirando solo sus intereses, sus gustos, sin necesitar a los demás.
Al otro le hace sentirse el mejor hijo, pues trabaja para su padre, para la familia, cumple con lo que le mandan. Piensa que todo lo hace bien y que merece, por eso, el premio, la alabanza, el éxito. Este hijo tampoco necesita de los demás.
El padre, sin embargo, piensa en ambos hijos, los ama, los quiere a su lado para formar familia, relación, fraternidad. Lo que, seguramente, deseamos vivir y experimentar todos nosotros.
En este tiempo de Cuaresma se nos invita a volver al padre, a Dios, ya seamos un tipo de hijo u otro. Él es misericordioso y siempre nos está esperando. El fundamento de la vida no está en nosotros, y así nos lo expresa san Agustín:
¿Ninguna otra causa, sólo el orgullo fue el inicio del mal de nuestros primeros padres? En efecto, ¡el orgullo es el inicio de todos los pecados! ¿Qué es el orgullo, sino el deseo de elevarse fuera de nuestro justo puesto? Más aún, es un deseo fuera de nuestro lugar dejar a Dios -a quien la persona debía estar pegada como a su base- y de alguna manera querer y ser la propia base”.
(La Ciudad de Dios 14,13)
Oración
¡Tú, Señor, eres el poder invisible que aleja a los soberbios!
(Confesiones 10,40)