La esperanza y la sed de vida eterna
El hombre cuando se para y entra en sí mismo descubre que tiene una insaciable sed de vida y eternidad, sed de verdad y de Dios: “Si, finalmente, por las ciudades y aldeas, por los castillos y barrios y hasta por los campos y granjas privadas, tan manifiestamente se persuade y se anhela el retiro del mundo y la conversión al Dios único y verdadero, que diariamente el género humano, esparcido por doquiera, casi responde a una voz que tiene levantado el corazón, ¿por qué seguimos bostezando en la crápula de lo pasado y escudriñamos los oráculos divinos en las entrañas de los animales muertos, y, cuando se trata de este grave negocio, por qué preferimos hinchar la boca con el sonoro nombre de Platón a henchir el corazón con la verdad?” (La verdadera religión 3, 5).
Evidentemente esto impone la tarea de buscar a Dios permanentemente. Pero el buscador de Dios, el buscador de la verdad ha de ser sencillo y humilde y abrazar la luz divina, caminar en plena luz porque hemos sido ya iluminados y no podemos despreciar esa luz: “Repudiando, pues, a todos los que divorcian la filosofía de la religión y renuncian a la luz de los misterios en la investigación filosófica, así como a los que se desviaron de la regla de la Iglesia, ensoberbeciéndose con alguna perversa opinión o rencilla; rechazados igualmente los que no quisieron abrazar la luz de la divina revelación y la gracia del pueblo espiritual que se llama Nuevo Testamento, a todos los cuales someramente he aludido, nosotros hemos de abrazar la religión cristiana y la comunión de la Iglesia que se llama católica, no sólo por los suyos, sino también por los enemigos. Pues, quiéranlo o no, los mismos herejes y cismáticos, cuando hablan, no con sus sectarios, sino con los extraños, católica no llaman sino a la Iglesia católica” (La verdadera religión 7, 12).
Dios quiere donarnos la vida eterna, pero es necesario que partamos de la fe para poder alcanzar esa vida, la sola eterna: “El comienzo de una vida santa, merecedora de la vida eterna, es la verdadera fe. La fe consiste en creer lo que aún no ves, y su recompensa es ver lo que ahora crees. No decaigamos en el tiempo de la fe, comparable al de la siembra; no decaigamos nunca, sino que perseveremos hasta que recojamos lo sembrado. Estando alejado de Dios el género humano y sumido en sus delitos, necesitábamos un Salvador para revivir, como habíamos necesitado un Creador para existir. La justicia de Dios condenó al hombre, y su misericordia le libera. El Dios de Israel, él mismo dará poder y fortaleza a su pueblo. Bendito sea Dios. Pero las reciben los que creen, no quienes las desprecian” (Sermón 43, 1).
Desde aquí se entiende que la vida eterna tiene un matiz de premio, es algo así como el premio que recibe el creyente coherente, el creyente que cree y obra, que vive la propia fe, pero no es mérito del que cree, sino gracia de Dios: “De ahí que don tan grande que hemos recibido, a pesar de nuestra indignidad, se llame gracia. ¿Qué es la gracia? Un don gratuito. ¿Qué es un don gratuito? Una simple donación, no una retribución. Si se debiera como recompensa, no sería gracia… Esta vida es también una gracia. Pues ¿por qué méritos recibes la vida eterna? Por la gracia. Si la fe es una gracia y la vida eterna es como premio de la fe, parece que Dios da la vida eterna como debida. Pero ¿a quién? Al fiel que por la fe la mereció. Pero, como la fe es una gracia, la vida eterna es también una gracia por la otra gracia” (Comentario a Juan 3, 9), es decir, todo queda en casa, todo es gracia y regalo.
La vida eterna anhelada, es la única que merece el nombre de vida, porque esta es la única verdadera, la única que reúne las condiciones de la felicidad, que es para siempre y que no se nos puede arrebatar: Siempre hay que considerar que para Agustín sólo la vida que permanece, la que no podemos perder a no ser que nosotros la abandonemos, es la vida que merece ser considerada en sí misma apta para el hombre en sus aspiraciones. Esta vida ahora sólo la pregustamos, no la tenemos en plenitud, sino sólo como comenzada y en esperanza: “¿Y adonde caminamos sino a la verdad y a la vida, es decir, a la vida eterna, la única que merece llamarse vida?… Mas, cuando él le preguntó sobre la consecución de la vida eterna, el Señor no le respondió: «Si quieres llegar a la vida eterna», sino: Si quieres llegar a la vida, queriendo dar a entender que la vida que no es eterna no merece llamarse vida, puesto que vida verdadera no lo es más que la eterna… ¿A qué llama vida verdadera sino a la vida eterna, la única que merece llamarse vida, porque es la única que es feliz?... Mas ¿cómo puede ser vida feliz si no es verdadera? No se ha de llamar vida feliz sino a la verdadera; ni es vida verdadera sino la eterna” (Sermón 346, 1).
Santiago Sierra, OSA