Renovemos la esperanza
Las estadísticas muestran que han aumentado el número de suicidios entre los jóvenes y la eutanasia entre los mayores. El día a día nos muestra más personas angustiadas que buscan olvidar sus penas por caminos que les pierden y esclavizan: juego, alcohol, drogas, sexo, trabajo,… Los telediarios de cada día no ayudan a mejorar la situación, por esto necesitamos renovar la esperanza de nuestra vocación fundamental en estos tiempos de turbulencia y desorientación.
Hace apenas una semana hemos iniciado la cuaresma. La celebración del miércoles de ceniza nos invitaba a la limosna, el ayuno y la oración. Una propuesta muy contracultural, pero necesaria para recordarnos que estamos llamados a la plenitud del amor y de la vida, a la felicidad eterna junto al Dios que nos ama y que esta vocación se inicia en esta vida, pero la trasciende. A lo largo de la historia el ser humano es un buscador de felicidad y ha deseado encontrarla en la inmediatez de su existencia. San Agustín hace la experiencia de que esa felicidad solo se encuentra en la promesa de Jesucristo Salvador iniciada con su presencia en esta vida, pero llevada a plenitud en el más allá. Consciente de esta realidad orientar y fortalecer la esperanza de su pueblo para que no se deje engañar por las tentaciones del presente: “Los cuarenta días anteriores a la Pascua simbolizan este tiempo de nuestra miseria y nuestros gemidos, si hay quien tenga una esperanza por la que valga la pena gemir; en cambio, el tiempo de la alegría que tendrá lugar después, del descanso, de la felicidad, de la vida eterna y del reino sin fin que aún no ha llegado, está simbolizado en estos cincuenta días en que cantamos las alabanzas de Dios. Dos tiempos tenemos con valor simbólico: uno anterior a la resurrección del Señor y otro posterior; uno en el que nos hallamos y otro en el que esperamos estar en el futuro. El tiempo de tristeza -no otra cosa significan los días de cuaresma- es un símbolo y una realidad; por el contrario, el tiempo del gozo, del descanso y del reino, del que son expresión estos días, lo hallamos simbolizado en el Aleluya, pero aún no poseemos esas alabanzas, aunque suspires ahora por el Aleluya. ¿Qué significa el Aleluya? Alabad al Señor. Por eso en estos días posteriores a la resurrección se repiten en la Iglesia las alabanzas de Dios: porque después de nuestra resurrección también será perpetua nuestra alabanza. (Sermón 254, 5).
En otro sermón alerta al pueblo para que “No nos repitamos unos a otros: Comamos y bebamos, que mañana moriremos; antes bien, puesto que es incierto el día de nuestra muerte y fatigosos los días de esta vida, ayunemos y oremos, que mañana moriremos. Jesús dijo: Un poco y no me veréis; otro poco, y me veréis. Ésta es la hora de la que dijo: Vosotros estaréis tristes y el mundo alegre, es decir, esta vida está llena de pruebas en la que somos peregrinos lejos del Señor. Pero de nuevo os veré -dijo- y vuestro corazón se llenará de gozo y vuestro gozo nadie os lo arrebatará. De todos modos, contando con esta esperanza, fundada en la plena fidelidad de quien la ha prometido, también ahora gozamos hasta que llegue el gozo supremo de ser semejantes a Él porque le veremos tal cual es; gozo que nadie nos arrebatará. Como prenda grata y gratuita de esa esperanza hemos recibido el Espíritu Santo, que produce en nuestros corazones los gemidos inenarrables de los santos deseos.” (Sermón 210, 5, 7).
Dejémonos guiar por la experiencia espiritual de Agustín para renovar nuestra esperanza sin dejarnos ganar por los obstáculos del camino: “Las tentaciones de esta vida, las asechanzas del diablo, la fatiga que causa el mundo, los placeres de la carne, el oleaje de estos tiempos tumultuosos y todo tipo de adversidad, corporal o espiritual, han de ser superados, contando con la ayuda misericordiosa de Dios nuestro Señor, mediante la limosna, el ayuno y la oración. Estas tres cosas han de enfervorizar la vida entera del cristiano, sobre todo cuando se acerca la solemnidad de la Pascua. Al celebrarse todos los años, estimula nuestras mentes renovando en ellas el saludable recuerdo de que nuestro Señor, el hijo único de Dios, nos otorgó su misericordia, ayunó y oró por nosotros. En efecto, limosna es un término griego que significa «misericordia». ¿Pudo haber mayor misericordia para los desdichados que la que hizo bajar del cielo al creador del cielo y revistió de un cuerpo terreno al creador de la tierra? Esa misericordia hizo igual a nosotros por la mortalidad al que desde la eternidad permanece igual al Padre; otorgó forma de siervo al señor del mundo, de modo que el pan mismo sintió hambre, la saciedad sed, la fortaleza se volvió débil, la salud fue herida y la vida murió. Y todo ello para saciar nuestra hambre, regar nuestra sequedad, consolar nuestra debilidad, extinguir la iniquidad e inflamar la caridad. El creador es creado, el señor sirve, el redentor es vendido, quien exalta es humillado, quien resucita muere: ¿hay mayor misericordia? Con referencia a la limosna, se nos ordena que demos pan al necesitado: él, para darse a nosotros, que estábamos hambrientos, se entregó antes por nosotros a crueles verdugos. A nosotros se nos manda que recibamos al peregrino: por nosotros él vino a su propia casa y los suyos no le recibieron. Que nuestra alma le bendiga a él, que se muestra misericordioso con todas sus iniquidades; a él, que sana todas sus dolencias, que libra su vida de la corrupción, que la corona en su compasión y misericordia; él, que sacia de bienes sus deseos. Ejercitemos, pues, el deber de la limosna, tanto más generosa y frecuentemente cuanto más se acerca el día en que celebramos la limosna que se nos hizo a nosotros. El ayuno, sin la misericordia, de nada sirve a quien lo practica. Ayunemos también con la humildad de nuestras almas al acercarse el día en que el maestro de la humildad se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte de cruz. Imitemos su crucifixión traspasando las pasiones indómitas con los clavos de la continencia. Castiguemos nuestro cuerpo y reduzcámoslo a servidumbre. Y para que la carne indómita no nos arrastre a lo ilícito, privémosla de algo lícito para domeñarla. Siempre ha de evitarse la crápula y la embriaguez; pero en estos días ha de prescindirse del desayuno lícito. En todo tiempo se ha de execrar y huir del adulterio y la fornicación, pero en estos días ha de usarse con moderación del matrimonio. La carne te obedecerá dócilmente en el no unirse a lo ajeno si está acostumbrada a moderarse en lo suyo. Estate atento a no cambiar en vez de disminuir tus placeres. Hay quienes, en lugar del vino acostumbrado, buscan licores raros y, privándose del de la uva, se sienten compensados con los jugos más deliciosos de otras frutas; con tal que no sean carnes, se procuran con diligencia los más variados y suculentos manjares y, como si fueran los más adecuados, en estos días se rinden ante exquisiteces que en otro momento sería vergonzoso buscar. De esta forma, en lugar de servir de freno a las antiguas pasiones, la observancia de la cuaresma se convierte en oportunidad para nuevos placeres. Aplicad a estas cosas, hermanos, cuanta vigilancia os sea posible, no sea que, una vez que os hayan persuadido, se cuelen en vuestras vidas. Que el ayuno vaya unido a la sobriedad. Como hay que evitar la hartura del vientre, hay que estar alerta ante los incentivos de la gula. No se trata de detestar ninguna clase de alimentos para las personas, sino de refrenar el placer carnal. Esaú no fue reprobado por comer carne de toro o aves cebados, sino por apetecer de forma inmoderada lentejas. El santo David se arrepintió de haber deseado el agua más de lo que era justo. Por tanto, no ha de repararse, o más bien sostenerse, nuestro cuerpo en los días de ayuno con alimentos costosos y de difícil preparación, sino los que están a la mano y más baratos. En estos días, nuestra oración se eleva al cielo con la ayuda de las piadosas limosnas y los parcos ayunos. No es, en efecto, ningún descaro que el hombre pida misericordia a Dios si él no la ha negado a otro hombre y si la serena mirada del corazón de quien pide no se encuentra impedida por las confusas imágenes de los deleites carnales. Sea, más bien, casta nuestra oración, no sea que deseemos no lo que busca la caridad, sino lo que ambiciona una apetencia desordenada; evitemos suplicar cualquier mal para nuestros enemigos, no sea que nos ensañemos en la oración con ellos, al no poder hacerles daño o vengarnos de ellos. Del mismo modo que nosotros alcanzamos la buena disposición para orar mediante la limosna y el ayuno, así también nuestra misma oración se convierte en limosnera cuando se eleva y se hace no sólo por los amigos, sino hasta por los enemigos, y se abstiene de la ira, del odio y de otros vicios perniciosos. Si nosotros nos abstenemos de los alimentos, ¡cuánto más debe abstenerse ella de los venenos! Por último, reponemos fuerzas tomando a su debido tiempo algunos alimentos: nunca suministremos a nuestra oración tales alimentos. Ayune siempre de ellos, porque ella tiene un alimento propio que se le manda tomar incesantemente. Absténgase, pues, siempre del odio y aliméntese siempre del amor. (Sermón 207, 1-3).