Reflexión agustiniana

Escrito el 08/03/2025
Agustinos


El futuro hoy se llama esperanza

El problema del futuro no podía escapar a la penetración reflexiva de Agustín; lo típico de esta reflexión es el intento de decirnos que nuestra esperanza está solo en Dios y que todo lo demás es adorno de esta inquietud. Agustín se esforzó por iluminar la condición del hombre en el tiempo, tal como se encontraba en aquellos momentos, y pretendió, a la vez, levantar y fundamentar su esperanza en el ambiente de la sociedad en la que le tocó vivir, pero su reflexión puede ayudar al hombre de todos los tiempos.

La esperanza es una especie de semilla que Dios mismo ha plantado en nuestro corazón, no es algo que nosotros nos inventamos para atraer a alguien, es siempre don, es regalo, pero es don y regalo en semilla, que podemos dejar crecer y procurar que de fruto en abundancia. No es algo difuminado, sino que tiene cuerpo, porque no se espera en algo, sino en alguien y a alguien y cada uno tiene la posibilidad de la acogida, del cuidado, de dejar que se enraíce en la propia vida y darle rienda suelta para que haga su obra y genere nueva luz que disipe nuestras tinieblas: “Su lámpara es su esperanza. A su luz trabaja todo hombre; todo lo que hace de bueno lo hace guiado por la esperanza. Esta lámpara arde también de noche. Esperamos lo que aún no vemos por eso es de noche. Pero si no sólo no vemos, sino que tampoco esperarnos, es de noche y la lámpara está apagada. ¿Hay algo más desdichado que tales tinieblas? Para no desfallecer en las tinieblas y esperar con paciencia lo que esperamos sin haberlo visto, esté encendida nuestra lámpara toda la noche. Quien cada día nos regala su palabra es como si echara aceite para que la lámpara no se apague” (Sermón 37, 11).

Como todas las cosas importantes de la vida del ser humano, también el cimiento firme de la esperanza es el amor; podríamos decir que la esperanza exige relación, encuentro, pide a Alguien que se haga presente y tome posesión de lo suyo. Sin amor no hay esperanza y sin relación y diálogo sincero el ser humano muere. Dios quiere encuentro y nos invita a acercarnos: “La misma caridad habla por medio de la Sabiduría y te dice algo para que no te asuste lo dicho: «Date a ti mismo». Si alguien quisiera venderte una finca te diría: «Dame tu oro». Y si otro quisiera venderte otra cosa cualquiera: «Dame tu moneda, dame tu dinero». Escucha lo que te dice la caridad por boca de la Sabiduría: Dame tu corazón, hijo. Dame -dijo-. ¿Qué? Tu corazón, hijo. Estaba malo cuando dependía de ti y era para ti; te arrastraban frivolidades y amores lascivos y dañinos. Quítalo de allí. ¿A dónde lo llevas? ¿Dónde lo pones? Dame -dice- tu corazón. Sea para mí y no se pierde para ti. Ve, pues, si quiso dejar algo en ti, con lo que te ames incluso a ti, quien te dice: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. ¿Qué queda de tu corazón para que te ames a ti mismo? ¿Qué queda de tu alma? ¿Qué queda de tu mente? Con todo -dijo-. Quien te hizo te exige entero. Pero no te entristezcas como si nada te quedase en que puedas alegrarte. Regocíjese Israel no en él, sino en quien le hizo” (Sermón 34, 7).

Dios siempre se nos ofrece y la tarea del ser humano es acogerlo. Es la esperanza la que nos empeña en la búsqueda de Dios, pero ella es niña pequeña que hemos de dejar que crezca y que se convierta en experiencia enorme y aleccionadora: “Gran esperanza da a los suyos el Señor Jesús, mayor que la cual no puede en absoluto haber. Escuchad ¡y estad gozosos con la esperanza! por qué esta vida ha de ser no amada, sino tolerada de forma que en su tribulación podáis ser pacientes. Escuchad, repito, y observad adónde es levantada nuestra esperanzaCristo Jesús habla... Escuchad, creed, esperad, desead lo que dice. Afirma: Padre, respecto a los que me diste, quiero que, donde yo estoy, estén también conmigo ellos... Por eso, el Buen Pastor absolutamente a todas sus ovejas, la gran Cabeza a todos sus miembros, ha prometido este premio: que donde él en persona está, con él estaremos nosotros también. Y lo que al omnipotente Padre ha dicho el omnipotente Hijo que éste quiere, no podrá por menos de suceder, pues ahí está también el Espíritu Santo, igualmente eterno, igualmente Dios, único Espíritu de los dos y sustancia de la voluntad de ambos” (Comentario a Juan 111, 1).

Santiago Sierra, OSA