Reflexión agustiniana

Escrito el 01/03/2025
Agustinos


La esperanza nos amamanta

La reflexión sobre la esperanza es urgente en nuestros días porque en este nuestro mundo hay mucho herido y desesperanzado. Probablemente la más grave de las enfermedades de hoy sea la desesperanza. Hay tantos que han bajado los brazos y han arrojado la toalla, porque piensan que ya no hay nada que hacer, que vivimos en un tiempo de desahucio, en un tiempo de depresión. Si, cierto, se nos dice que esperemos en el Señor, pero, cómo y por qué: “No esperes, dice Agustín, ninguna otra cosa de Él; sea el mismo Señor tu esperanza” (Comentario al salmo 39, 7).

También se nos invita a desterrar nuestros miedos y a hacer frente a la vida, a no acobardarnos y a esperar de pie, porque el Espíritu quiere colmarnos de esperanza y vida, siempre y cuando nos fiemos de él, y hemos oído y atendido la invitación, aunque no es extraño que nos ausentemos con frecuencia, así suena la invitación: “Y mientras llevamos a término esta peregrinación, durante la cual retrasará, pero no anulará nada de cuanto ha prometido, nos ha dicho: Ten paciencia con el Señor… Lo ha prometido el Todopoderoso, el Indefectible, el Veraz: Ten paciencia con el Señor, compórtate como un hombre. No te desalientes para que no te contabilicen entre aquellos de quienes se dice: ¡Ay de aquellos que perdieron la paciencia! Ten paciencia con el Señor, se nos dice a todos nosotros y a un solo hombre… Esperando en el Señor lo tendrás; tendrás a aquél en quien has esperado. Si encuentras algo más grande, mejor o más suave, deséalo” (Comentario al salmo 26, 2, 23).

¿Qué es esta esperanza que se nos concede? Podemos decir que es una fuerza que nos da vida, sin ella el ser humano languidece, pierde vigor y deja de desear, se desalienta y mira con nostalgia el ayer: “Teme la palabra del Señor, que te dice: Acuérdate de la mujer de Lot... Se te ha dado un ejemplo, para que tú tengas valor, y no permanezcas insípido en el camino. Mira a la que se quedó petrificada, y pasa adelante. Fíjate en la que miró atrás, y tú, como Pablo, sigue para adelante... Por tanto, tú llamado, sigue, sigue corriendo hacia la corona celeste de la que disfrutarás más tarde. Pues el mismo Apóstol dice esto: Me está reservada la corona de justicia que me tiene reservada para aquel día el Señor, el justo juez” (Comentario al salmo 69, 9).

La esperanza nos pone en camino, no nos permite sestear y nos inflama el espíritu, pero tenemos que dejar que Otro pilote nuestro barco para vivir de forma distinta y este piloto no puede ser otro que Dios mismo. Es seguro que encontraremos tempestades y borrascas de todo tipo, pero sabemos bien de quién nos hemos fiado y quien es nuestro guía. Además, sabemos de buena tinta que sin la esperanza la vida se desmorona y como un peso muerto se desvanece: “¿Qué decir de la esperanza? ¿Existirá allí? Dejará de existir cuando se haga presente la realidad..Por esta paciencia fueron coronados los mártires; deseaban lo que no veían y despreciaban los sufrimientos. Fundados en esta esperanza decían: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿La espada? Porque por ti... ¿Dónde está el por quién? Porque por ti —dice— vamos a la muerte el día entero... ¿O nos engaña el Apóstol que dice que Cristo habita por la fe en nuestros corazones? Ahora habita por la fe, luego por la visión; por la fe mientras estamos en camino, mientras dura nuestro peregrinar. Pues mientras estamos en el cuerpo, peregrinamos lejos del Señor; caminamos en la fe, no en la visión” (Sermón 158, 8).

Nuestra barca puede zozobrar y nuestras soledades abundar, pero Él siempre está ahí, delante de nosotros, a veces descansa y se duerme en proa, pero está: “Navegamos, en efecto, por cierto lago y no faltan vientos ni tormentas. Nuestra barca está casi hasta rebosar de las tentaciones cotidianas de este siglo. ¿Cuál es el origen de esta situación sino el hecho de que Jesús duerme? Si Jesús no durmiera en ti, no sufrirías esas tormentas, sino que, al estar Jesús despierto a tu lado, disfrutarías de bonanza interior. ¿Y qué significa este dormir de Jesús? Que se ha dormido tu fe en Jesús. Estallan las tormentas de este lago: ves la prosperidad de los malos y las fatigas de los buenos. Es la tentación, es el oleaje… Porque Jesús está dormido, es decir, porque está adormilada en tu corazón tu fe en Jesús. ¿Qué haces para salvarte? Despierta a Jesús… La inseguridad del lago nos hace estremecer: vamos a pique.... Con Cristo despierto, la tormenta dejará de agitar tu corazón y el oleaje no anegará tu barquilla, porque tu fe da órdenes a los vientos y al oleaje y pasará el peligro” (Comentario al salmo 25, 2, 4).

Santiago Sierra, OSA