Texto: Ángel Andújar OSA
Música: Crying in my beer. Audionautix
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».
Volver a vivir
Estamos, sin duda, ante una de los textos más valiosos del Evangelio. Esta conocida parábola, no lo olvidemos, es la respuesta que Jesús ofrece a quienes le critican por entrar en relación con personas pecadoras. Y se trata de una respuesta tajante: Dios no quiere la muerte del pecador, sino que retorne a la vida.
Estamos ante una historia que nos habla de caídas, de segundas oportunidades y de amor sin condiciones. Un joven decide dejar su hogar, convencido de que así encontrará la felicidad. Pero no tardando mucho descubrirá que su aventura lo ha llevado al vacío. Regresa convencido de que será rechazado, pero la sorpresa es mayúscula cuando descubre que es recibido con los brazos abiertos.
Este relato es profundamente humano y, como tal, profundamente divino desde la concepción cristiana de Dios. ¿Quién, en algún momento, no ha tomado más de una decisión impulsiva? ¿Cuántas veces hemos podido llegar a creernos que la libertad significa hacer nuestra santa voluntad sin medir las consecuencias? Y, tarde o temprano, acabaremos comprobando los resultados de este modo de proceder. Y quizá también nosotros podamos vernos sorprendidos gratamente si emprendemos el camino de regreso.
Esta parábola habla ante todo de Dios, mostrándonos que Él ni juzga ni castiga, sino que espera con amor. La revolución que supone este modo de ver las cosas con relación al Dios juez, vigilante e implacable que tantas veces nos hemos construido, es algo que nos tiene que hacer reflexionar, pues a menudo seguimos hablando de Dios como si esta parábola y otros muchos textos evangélicos no existiesen.
Por otro lado, se nos invita a reflexionar sobre el perdón y la reconciliación, sobre cómo reconocer errores y cómo aceptar de nuevo a quienes han fallado.
La vida no es un camino de rosas, y equivocarse es parte del proceso. Lo importante no es evitar la caída, sino aprender de los errores y ponerse en el camino de vuelta sabiendo que, con Dios, siempre hay una oportunidad para recomenzar.
La dureza de corazón que expresan los muy cumplidores interlocutores del Señor se refleja en la del hijo mayor, a buen seguro buena persona, fiel y cumplidora, pero que en el momento crítico no ha sabido valorar en su justa medida el retorno del hermano perdido.
Alegrémonos, por tanto, con este hijo pródigo que ha vuelto a la vida, celebremos tener un Padre de misericordia infinita que nos espera con los brazos abiertos y ablandemos así nuestros corazones para poder celebrar con sentido la Pascua que ya se aproxima.
¡Feliz día del Señor!