Señor, Dios de la amistad, nos has dado la capacidad de amar
y de entregarnos en la amistad, para que imitáramos tu infinito amor.
Que nunca triunfe el egoísmo y la tristeza,
dejándonos llevar de nuestro propio interés.
Tú, te has mostrado a los hombres como el Dios de la amistad,
y has hecho con ellos alianzas y promesas de auténtico amigo,
pues has tendido la mano a todos.
Por los profetas -tus amigos- proclamaste sabrosas alianzas de amistad.
Y tu amistad a los hombres fue tan grande
al cumplirse la plenitud de los tiempos,
que nos enviaste a Jesucristo,
el profeta de la verdad y del amor,
como compañero y amigo de todos.
Él tuvo amigos sencillos.
Él llamó a todos los hombres amigos
y cubrió con su sangre la medida
de la perfecta amistad: dar la vida por sus
amigos los hombres.
Por tu amistad, sienten liberación
los oprimidos, y consuelo
los afligidos por egoísmos.
Cristo fue y sigue siendo el amigo fiel
de los pequeños y de los pobres,
amigo de los pobres en relaciones y llamados humildes;
amigo de los pobres en orgullo y que se dicen mansos;
amigo, sobre todo, de los pobres en virtudes
y que se sienten pecadores.
Y para que ya nunca jamás vivamos para nosotros mismos y en solitario,
envió al Espíritu Santo a nuestros corazones,
para llevar a cabo la amistad universal.
Este Espíritu es el que sigue gritando en nuestras almas
que sin amistad no se puede vivir,
pues el Dios de la amistad lo ha querido así.